martes, 1 de abril de 2008

Utilidad marginal, réplica a Diego Guerrero (III): Incosistencia lógica



Seguimos con la crítica a Diego Guerro en relación con su supuesta "refutación" de la utilidad marginal. En los dos posts anteriores examinamos sus objeciones basadas en la subjetividad y la superfluidad. Ahora estudiaremos su "incosistencia lógica".

Se pregunta Guerrero: ¿cómo podría ser la utilidad marginal el fundamento último del precio si aquélla consiste en el placer experimentado por el sujeto en el consumo de la última unidad, y todo el mundo sabe que, al menos en esta forma social que llamamos capitalismo, para poder consumir con carácter general cualquier mercancía primero hay que haberla comprado y, por tanto, pagado su precio?

Aquí Guerrero, por un lado, confunde utilidad con satisfacción a posteriori y, por un lado, ignora el proceso de mercado. Primero, como ya dijimos, la utilidad no consiste en ningún placer experimentado, sino en la expectativa de placer. Todas las unidades, al ser perfectamente intercambiables, tendrán la utilidad del fin marginal. No sólo eso, ya dijimos que cabía la existencia de utilidad sin consumo.

En otras palabras, cuando yo adquiero una unidad adicional, el valor de todas las restantes unidades disminuye. ¿Por qué? Sencillamente porque las unidades son intercambiables y, por tanto, ya no hay última unidad, sino un stock de unidades que permiten satisfacer hasta determinado fin (fin marginal). Por ejemplo, si yo tengo cuatro sacos de cereales y el último lo dedico a alimentar a los cerdos, el valor de un saco de cereales es el de alimentar a los cerdos. Si adquiero un nuevo saco para darlo a los más necesitados, el valor de un saco -de cualquier saco- pasa a ser el de alimentar a los pobres. Todo ello aunque yo imprima en cada saco una etiqueta diciendo "Destinado al consumo humano", "Destinado a alimentar a los cerdos", etc... Y es que, si me roban el saco destinado a alimentar a mi familia, no por ello moriré de hambre, simplemente dejaré de ser caritativo con los pobres.

Y todo ello sin perjuicio de que, una vez realizadas todas las acciones, obtenga más satisfacción en haber ayudado a los pobres que en haber alimentado a mis animales. Lo importante es el valor que influye y determina la acción, no la satisfacción experimentada una vez se haya actuado. En caso contrario explicaríamos los precios a partir de acciones que todavía no han acontecido.

Por otro lado, Guerrero ignora cómo funciona el mercado. Cierto es que la utilidad determina el precio pero que, a su vez, el precio sirve para determinar la utilidad, pues un precio más bajo permite adquirir una mayor cantidad de productos y, por tanto, provocará una menor utilidad marginal. Sin embargo, aunque Guerrero así lo sugiera, el razonamiento circular es inexistente.

Tenemos tres modalidades de formación de los precios en una economía libre. Negociación inter partes, el comprador fija el precio, el vendedor fija el precio. En la negociación inter partes, comprador y vendedor negocian un precio para el intercambio. Obviamente, este precio se situará entre el valor del fin inmediatamente anterior al que satisface el bien en cuestión para el comprador (de manera que si el precio se fija en una cantidad monetaria que sirva para conseguir fines de mayor valor obligaría al comprador a declinar la oferta) y el valor del fin inmediatamente superior al que satisface el bien en cuestión para el vendedor(de manera que si el precio se fija en una cantidad monetaria que sirva para conseguir fines de menor valor obligaría al vendedor a declinar su oferta). Cuál será el precio final es imposible de determinar para la ciencia económica; es más, no le interesa. Estamos ante cuestiones puramente históricas, no teóricas. Basta con afirmar que la transacción tendrá lugar entre esos dos límites, o no será.

Otra forma, menos común -salvo en casos de ofertas públicas- es que el comprador fija el precio que está dispuesto a pagar. En ese caso, el primer vendedor que sea capaz de ofrecerle el bien en cuestión a ese precio efectuará la transacción. Como es obvio, puede que ningún comprador pueda satisfacer tal demanda. En ese caso, el potencial comprador deberá incrementar el precio que está dispuesto a pagar, ¿hasta qué límite? Nunca la utilidad del dinero que ofrezca podrá ser superior a la del fin que le permite satisfacer el bien que quiere adquirir. Por tanto, los precios que se formen estarán en función de la utilidad marginal del comprador (y si no se forman precios, ese bien estará dominado por la utilidad marginal del vendedor que será superior al precio ofertado por el comprador).

Por último, el modo más frecuente de formación de precios en las economías capitalistas es el appreisement empresarial, esto es, el vendedor propone un precio y los consumidores demandan en función de ese precio. En estos casos, el precio de las transacciones que se realicen, como es lógico, no podrá superar la utilidad marginal del comprador. Si el vendedor fija un precio superior a ésta, no venderá los productos, se quedará con todos ellos. Por tanto, el correcto appreisment empresarial está estrechamente relacionado con fijar un precio inmediatamente por debajo de la utilidad marginal de los compradores a los que aspire. No sólo eso, como inmediatamente veremos, también se fundamenta en fijar una correcta remuneración para los factores productivos asociados con el proceso de producción.

En todo caso, podemos sacar una conclusión común para los tres tipos de formación de precios: la propiedad privada es previa al precio. Tanto el comprador como el vendedor tienen que ofrecer algo a cambio de otro algo. Sin propiedad privada, el comprador no puede renunciar a nada para adquirir una determinada cantidad de productos. De ahí, que en ausencia de propiedad privada, no existan unidades marginales y, por tanto, ni precios, ni costes, ni necesidad de limitar la demanda. No es posible una asignación eficiente de los recursos ya que, como puso de manifiesto Mises, sin precios de mercado no es posible el cálculo económico.

En cualquier caso, Guerrero extrae dos consecuencias de su inicial malinterpretación de la utilidad marginal. La primera es que si se quiere una definición verdaderamente general de la utilidad marginal, es decir completamente independiente de, y previa a, el precio de la mercancía, habría que decir que es el placer que el consumidor potencial imputa a la última unidad de mercancía potencialmente consumida cuando se plantea y valora las diferentes alternativas abstractas que se le ofrecen, desde consumo 0 a consumo infinito.

Salvo en el matiz restrictivo de "consumidor", podemos decir que Guerrero entiende relativamente bien la idea de utilidad marginal. Es de extrañar, por tanto, que hasta ahora se haya limitado a atacar sus falsas interpretaciones de la misma. ¿En qué quedan las críticas precedentes si en este punto Guerrero modifica, en el camino correcto, la idea de utilidad marginal que previamente había atacado? ¿No sería necesario volver a iniciar el ataque en lo referente a la "subjetividad" y "superfluidad"? ¿O es que acaso los conceptos han dejado de importar?

Pero, lo interesante es la segunda consecuencia: Pero, en segundo lugar, ahora se comprende por qué razón la teoría neoclásica del valor no puede renunciar al lado de la oferta en su fundamentación de los precios mercantiles, pues, al ser conscientes de la contradicción lógica que supone hacer depender lo previo (el precio) de algo que es posterior (el consumo), no tiene otro remedio que recurrir al coste de producción para explicar el nivel del precio.

Lo siento pero no existe contradicción alguna, salvo en la teoría de Guerrero. Primero, porque a vuelto a las andadas, ¿no habíamos quedado que hablábamos de expectativas de consumo o de consumo potencial? ¿Cómo va a ser el consumo potencial posterior al precio? Segundo, porque recurrir al coste para explicar el precio sí es una contradicción lógica. Y es que, ¿qué son acaso los costes sino precios?

Volvamos ahora al tercer método de formación de los precios que ya hemos explicado: el empresario propone y la demanda se fija en función del appreisement. Es posible que muchos, la gran mayoría, de los empresarios fijen sus precios añadiendo un cierto interés a los costes, pero ello en ningún momento significa que los precios se fijen en función de los costes, ya que precisamente el empresario confía en pagar esos costes porque supone que las ventas de sus productos le permitirán pagar a los factores productivos y obtener un cierto interés. Si las apreciaciones son erróneas (es decir, si el precio que espera que los consumidores paguen para poder financiar la producción supera la gran mayoría de las utilidades marginales de los consumidores), entonces el empresario no podrá pagar los salarios, los intereses y las rentas. Quebrará a menos que reduzca el precio. Y si al reducir el precio puede dar salida a la producción pero no puede pagar a sus factores productivos tanto como prometió (esto es, más de lo que les pagarían en otros usos alternativos), la producción se paralizará.

Por tanto, la utilidad marginal sigue gobernando el valor de los bienes y servicios. Si el empresario paga más a los factores productivos que su productividad marginal, la empresa quebrará. Si les paga menos, simplemente no podrá contratarlos (pues otro empresario los contratará pagándoles un poco más hasta su productividad marginal). Y la productividad marginal es una productividad en términos de valor, esto es, sobre los ingresos adicionales que proporcionan; el ingreso viene determinado por el precio; y la utilidad marginal domina el precio.

A pesar de todo ello, Guerrero concluye que ha sido posible hacer creer a muchos ingenuos que son los consumidores no sólo quienes determinan la cantidad consumida sino también quienes codeterminan el precio de las mercancías de acuerdo con el principio de su máxima utilidad.

Por supuesto, los consumidores no eligen la cantidad que quieren consumir. Creo que pocos economistas afirman eso. Simplemente se afirma que la utilidad marginal determina el precio; pero la utilidad no es algo exclusivo de la demanda, sino también de la oferta.

Es curioso como los marxistas pretenden endosarnos que los empresarios determinan el precio y, en cambio, no aplican esa misma lógica a los trabajadores. Si los que ofrecen las mercancías fijan, a través de sus costes, los precios en el mercado, los trabajadores, que ofrecen su trabajo, deberían fijar a través de su coste psicológico su salario.

La realidad es muy otra. Ningún trabajador estará dispuesto a ofrecer su trabajo a no ser que el salario ofrecido supere el coste de oportunidad de su tiempo de trabajo (esto es, la utilidad que obtendría durante el tiempo en que está trabajando en caso de que no lo hiciera). Pero tampoco ningún empresario pagará al trabajador más que su utilidad marginal, que normalmente viene a coincidir con su productividad marginal (tenemos que considerar que, en ocasiones, hay factores afectivos en la relación contractual; por ejemplo, mi padre puede contratarme pagándome más que mi productividad; un empresario puede apiadarse de un hombre que lleva 40 años trabajando en su empresa y no rebajarle tanto el salario como debiera...).

Por tanto, nuevamente, de manera necesaria, el salario se fijará entre esos dos límites. Pero, como ya hemos visto, ¿qué es la productividad marginal sino el valor de los bienes adicionales producidos que se destinarán a la venta? ¿Y cuál será, pues, para el empresario el valor de esos bienes sino el precio al que se puedan vender? Por tanto, la productividad marginal será el ingreso adicional que proporcionarán los trabajadores al empresario. Pero ese ingreso, como también hemos dicho, depende del precio que, a su vez, no puede superar la utilidad marginal de los consumidores que adquieren los productos.

De la misma manera, ningún empresario estará dispuesto a vender la mercancía por debajo de sus costes, pero ningún comprador estará dispuesto a adquirirla por encima de su utilidad. La diferencia es que el vendedor terminará desapareciendo si no satisface la demanda, esto es, si no rebaja el precio ligeramente por debajo de la utilidad marginal de los compradores.

Explicar, como pretende hacer Guerrero, el precio en función de los costes tiene las incoherencias lógicas que ya hemos apuntado: los costes son precios y, por tanto, esos precios están pendientes de explicación.

Böhm-Bawerk solía poner un ejemplo bastante ilustrativo. Imaginemos una locomotora que tiene cuatro vagones. ¿Por qué se mueven los vagones? Porque la locomotora se mueve. Ahora bien, muchos podrían decir, ¿por qué se mueve el cuarto vagón? Aparentemente porque se mueve el tercero; es decir, estarían explicando los precios (cuarto vagón) en función de los costes (primer, segundo y tercer vagón) y no de la utilidad (locomotora). No obstante, el problema sigue en pie. ¿Por qué se mueve el tercer vagón? Porque se mueve el segundo. ¿Y por qué se mueve el segundo? Porque se mueve el primer. Pero, ¿por qué se mueve el primero? Aquí los defensores de la teoría del precio-coste no tienen respuesta; la locomotora mueve el primer vagón que a su vez mueve a los restantes. La utilidad es el determinante último de los precios.

Aquí hay que matizar dos puntos: el papel de la productividad marginal y por qué en muchas ocasiones el precio final coincide con la suma de sus costes.

Primero, si la productividad marginal de los factores productivos es muy baja, los precios serán más altos, pues habrá menos productos disponibles y, por tanto, la utilidad marginal será mayor. Si súbitamente los precios del petróleo se doblan, lo que ocurre es que sufrimos una escasez de petróleo. Algunos fines tendrán que abandonarse y la cantidad de medios destinados a otros tendrá que reducirse. Si ello es así, los precios subirán; podemos producir menos que antes, todo es más caro y somos más pobres.

Pero insisto, el precio del petróleo sigue dominado por su utilidad marginal. El petróleo se demanda para dar satisfacción a ciertos fines. Precisamente el fin marginal de entre esos fines determinará su precio. Y esto implica que si hoy olvidáramos cómo utilizar el petróleo para satisfacer nuestros fines, su precio sería nulo, por muy poca que fuera su oferta.

Segundo, la observación de que el precio suele coincidir con la suma de los costes tiene una explicación muy sencilla. Ya hemos visto cómo se fija el precio de los factores productivos. Imaginemos que, por distintos motivos (por ejemplo, una mejora tecnológica) el precio final de un producto es muy superior a la suma de sus costes. Si ello es así, aparecerán beneficios extraordinarios. En otras palabras, o bien el propio empresario o bien otros empresarios, tendrán incentivos para ampliar la producción de esos productos, rebajar el precio y disminuir los beneficios extraordinarios. Al final, pues, cuando el valor del producto final supera a la utilidad de los factores productivos, o bien parte de esos factores productivos se retiran a otras líneas productivas (con lo cual se incrementa la productividad de los restantes) o bien se incrementa el número de productos finales (con lo cual el precio del bien se reduce). En todo caso, el resultado será que la suma de los costes más el interés será igual al precio.

Nuevamente, pues, comprobamos que la "inconsistencia lógica" sólo está del lado de Guerrero y de sus prejuicios. Pretender explicar el precio a partir de los costes, cuando los costes no son más que precios, simplemente vuelve a plantear el problema inicial. La utilidad marginal sigue explicando perfectamente estos procesos de mercado, a pesar de que Guerrero sea incapaz de entenderlos o, como hemos visto en este artículo, mienta descaradamente sobre su desarrollo teórico; acaso para refutar teorías que ningún marginalista sostiene.