martes, 1 de abril de 2008

Utilidad marginal, réplica a Diego Guerrero (II): La superfluidad


Continuamos analizando las críticas de Guerrero a la utilidad la marginal, en concreto, la segunda: superfluidad.

Para Guerrero: A los que consideran que la concepción ordinalista de la utilidad supone cierto paso adelante sobre la concepción cardinalista habría que recordarles además que por esta vía de los avances incrementales se ha llegado tan lejos en las aportaciones realizadas desde dentro de la lógica de esta teoría como para hacer del concepto mismo de utilidad algo completamente superfluo. Esto es lo que ha sucedido en el cuerpo de la teoría neoclásica del valor al menos desde 1938, año en que Paul Samuelson creara la "teoría de la preferencia revelada", haciendo innecesaria la utilización de concepto de utilidad alguno (si bien es verdad que manteniendo básicamente los mismos supuestos de racionalidad y comportamiento de los consumidores que en las versiones anteriores) para derivar curvas decrecientes de demanda.

Antes que nada hay que explicar qué entiende el profesor Samuelson por preferencia revelada. Si tenemos dos bienes, A y B, y observamos que el individuo escoge A antes que B, eso significa que "revela" su preferencia por A. La idea, a pesar de ser de Samuelson, es bastante buena. De hecho coincide en buena parte con el concepto rothbardiano de "preferencia demostrada".

Sin embargo, entre ambos existe una diferencia fundamental que hace del análisis de Samuelson un juguete defectuoso y "sin utilidad" (salvo para gente como el profesor Guerrero que quieran utilizarlo en sus fines manipuladores en contra de la utilidad marginal).

Samuelson asume una constancia de preferencias en las elecciones del consumidor, de manera que si prefiero A a B, seguiré prefiriendo A a B. Rothbard no va tan lejos, de ahí que su concepto de preferencia demostrada siga siendo válido. Para el economista austriaco, la única manera de conocer cuáles son las preferencias de los individuos es observando sus elecciones. Una vez hecha la elección entre A y B podremos decir, solamente, que el individuo prefirió A a B en ese justo momento.

La diferencia es importante porque nos ayudará a ver parte de los errores de Guerrero. Primero, no se puede atribuir la preferencia revelada de Samuelson como una consecuencia lógica de un avance sin rumbo en la superación del cardinalismo. Que el cardinalismo sea falso, no implica que el ordinalismo también lo sea o que deba ser sustituido por cada nueva idea más reciente.

Segundo, aun en el caso de la preferencia revelada, el concepto de la utilidad NO es superfluo en absoluta. Si yo elijo A a B es porque prefiero A a B, ¿y qué significa preferir? Que A me proporciona mayor utilidad que B. En caso contrario, si la utilidad no siguiera siendo un concepto fundamental para explicar los fenómenos económicos habría que fundamentar la elección otros supuestos o, simplemente, decir que se trata de elecciones aleatorias.

Tercero, la preferencia revelada, como ya hemos visto, no sirve para establecer curvas de demanda; al menos curvas de demanda capaces de efectuar predicciones apodícticas sobre la elección futura. Dado que no hay constancia entre las utilidades, no podemos afirmar que lo que ocurrió seguirá ocurriendo. Puede tener su función para derivar curvas de demanda históricas, estudiando qué decidieron consumir los individuos, pero no como instrumento teórico.

Cuarto, precisamente por ello la elección concreta nos resulta de poco interés en la teoría económica. La preferencia demostrada de Rothbard sólo es un elemento de observación y de determinación de la elección a posteriori. La teoría económica es a priori, trata de las implicaciones lógicas y abstractas del ser humano. La curva de demanda es siempre decreciente, no por preferencias reveladas concretas, sino por la utilidad marginal decreciente, esto es, tal como se incrementa el precio la cantidad demanda de bienes se reduce porque el coste de oportunidad en concepto de fines alternativos supera la consecución de los fines conseguidos a través de ese bien.

Lo único que realmente necesitamos saber para todo ello es lo siguiente: a) el valor es la significación de un fin, b) la unidades iguales de un mismo medio permiten conseguir fines de una menor importancia (ordinalismo), c) por tanto, los medios adicionales, al estar afectos a fines menos importantes, tendrán un valor decreciente (utilidad marginal decreciente).

En realidad, para un viaje así no hacían falta tales alforjas: si de lo que se trataba era de derivar una curva de demanda de mercado con pendiente negativa, sólo hubiera hecho falta aplicar el nuevo instrumental matemático y gráfico que se generalizó en la profesión económica desde finales del siglo pasado al razonamiento económico que se utilizaba con anterioridad como consecuencia de las enseñanzas de los clásicos y de Marx. Porque para los clásicos estaba fuera de duda que la demanda -aunque ellos no usaran esta terminología- tendría que ser una función negativa o decreciente del precio.

¿Es todo ello superfluo como asegura Guerrero? Difícilmente. Sin utilidad marginal la demanda de agua y alimento serían infinitas, no habría división del trabajo ni especialización. La utilidad marginal es el punto de partida de toda la ciencia económica; fue el punto de inflexión y cambio. Los economistas clásicos, aun con sus grandes aportaciones, estuvieron siempre obsesionados por resolver la paradoja del agua y los diamantes, lo cual distorsionó en buena medida todo su desarrollo teórico subsiguiente.

Es más, la cuestión no es cuántas alforjas hacen falta para llegar a determinadas conclusiones, sino cuál es la verdad. La ciencia económica tiene que llegar a conclusiones certeras y realistas. Tiene que desentrañar cuáles son las consecuencias de la acción humana en general.

Pero es curioso cómo Guerrero pretende demostrar la pendiente negativa de la demanda sin recurrir a la utilidad marginal decreciente: Y ello porque, estando el mercado de un determinado producto dispuesto a absorber la cantidad x al precio p como resultado de una práctica de conducta habitual y estable de sus consumidores -consumidores que, no debe olvidarse, no siempre son los individuos, sino que la mayor parte de las veces son empresas-, cualquier rebaja del precio desde p hasta p' produciría que, ceteris paribus, la renta liberada en el consumo de la misma cantidad x al nuevo precio p' habría de traducirse en un aumento en la cantidad demandada de la mercancía en cuestión, aunque sólo fuera porque parte de esa renta, o más exactamente de la fracción consumida de la misma, se destinaría a dicha mercancía (incluso si a escala social se hiciera en una proporción inferior a la precedente)
Guerrero confunde los términos. Su descripción no explica por qué la demanda tiene pendiente negativa, sino el denominado efecto renta. En pocas palabras, el efecto renta viene a decir que toda rebaja del precio de un bien ocasionará una expansión de la demanda con cargo al nuevo poder adquisitivo. Esto es, si el precio baja de 100 a 50, me ahorro 50 euros que ahora puedo gastar y antes no.

Sin embargo, el efecto renta presupone las curvas de demanda con pendiente negativa, no las explica. Es decir, si la demanda no tuviera pendiente negativa, ¡una reducción del precio supondría una reducción de la demanda!

Conviene, antes de seguir, hacer una matización sobre los bienes Giffen. En economía neoclásica, la ley de la demanda según la cual un aumento del precio produce una reducción de la cantidad demandada, es generalmente malinterpretada. Según los neoclásicos, una reducción del precio produce dos efectos: efecto sustitución y efecto renta. El efecto renta ya lo hemos explicado, el efecto sustitución señala que, dado que el precio de ese bien ha disminuido, se ha abaratado también respecto a otros bienes, con lo cual tenderá a incrementarse la demanda de ese bien, disminuyendo la de otros. Agregando el efecto sustitución y el efecto renta, generalmente, tenemos un incremento de la demanda ante disminuciones del precio.

Pero, a veces, el efecto renta puede ser negativo. Es el caso de los denominados bienes inferiores; si yo compro un bien por mi poca renta, la reducción del precio de ese bien me enriquece y ello podría provocar que migrara a otros bienes de mayor calidad. Por ejemplo, si el pollo tiene un precio de 1000, yo tengo una renta de 10000 y antes la consumía entera comprando diez pollos, si ahora el precio cae a 200, puede que decida comprar solamente cinco pollos y un faisán con un precio de 9000.

Generalmente, el efecto renta es insuficiente para vencer el efecto sustitución, pero cuando esto sucede estamos ante los bienes Giffen, esto es, bienes cuya curva de demanda es positiva (cuanto menor es su precio, menos consumo).

En realidad, esto supone una incomprensión de la ley de la demanda, por asentarla sobre la constancia de las valoraciones.

Primero, como hemos dicho, es la existencia y dominio de los medios la que nos permite dirigirnos hacia los fines. Un medio adicional, permite conseguir el fin marginal. De la misma manera, el aumento de nuestra riqueza nos permite alcanzar fines que antes no podíamos. En este sentido, el efecto renta puede ser suficientemente grande como para habilitar nuevos fines que no son marginales, sino muy importantes. Imaginemos un señor cuyo sueño vital es viajar a la luna, sin embargo no tiene suficiente dinero para ello aunque renuncie a todos los placeres de la vida actual. Sin embargo, imaginemos que se produce un descenso en el precio de todas las mercancías, de manera que, al final, renunciando a casi todos sus bienes, puede viajar a la luna. Ello no iría en contra de la ley de la demanda; el hecho de que bajara el precio de todo y disminuyera su cantidad demanda sería perfectamente lógico.

Segundo, en muchos casos una disminución del precio puede suponer una modificación de la visión subjetiva del producto. Imaginemos que un señor compra un bien "a causa de su elevado precio". La ley de la demanda y la utilidad marginal no dejan de aplicarse por el hecho de que, al caer el precio, el señor deje de comprar ese bien; y es que la causa que fundamentaba su adquisición ha desaparecido. Aunque físicamente es el mismo bien, en la apreciación subjetiva del individuo no (no sirve al fin, por ejemplo, de fardar ante sus amigos de poder adquisitivo).

Tercero, la ley de la demanda, como todas las leyes económicas, relacionan hechos visibles con hechos no visibles, con hechos que no han ocurrido. Si hoy baja el precio y mañana disminuye la cantidad demandada, en ningún caso ello contradice la ley de la demanda. Las valoraciones pueden haber cambiado.

En conclusión, si los bienes Giffen refutaran la ley de la demanda, como hemos dicho, su demanda debería aumentar conforme su precio sube, lo cual es simplemente absurdo. El empresario incrementaría su beneficio colocando precios astronómicos que todas las personas (o al menos aquellas para las que el bien fuera tipo "Giffen") estarían dispuestas a pagar. La existencia de bienes Giffen sería, pues, como un mágico conjuro que obligaría a ciertas personas a entregar todo su patrimonio a cambio del bien Giffen.

Por tanto, estamos donde al principio. El efecto renta no prueba la ley de la demanda, sino que lo requiere. Ya hemos dicho que sin utilidad marginal decreciente, la demanda de los bienes con una elevada utilidad sería infinita. Cuanto más alto fuera el precio más estaríamos dispuestos a consumir, ello nos llevaría, probablemente, a que la cantidad adquirida para todos y cada uno de los bienes fuera 1. Y es que, ante cualquier precio, el consumidor SIEMPRE estaría dispuesto a pagar más (hasta el límite de su renta) para adquirir los bienes.

Obviamente, ello sería así "sólo" desde el lado de la demanda, pero la ley de la utilidad marginal decreciente también opera en el caso de la oferta. Las cantidades sucesivas de bienes que tiene el empresario son valoradas cada vez menos (de todas formas, tengamos presente que la reducción de utilidad puede ser prácticamente nula, pero existe).

Si no existiera la utilidad marginal decreciente en el caso de la oferta, el empresario nunca estaría dispuesto a vender sus mercancías, sino solamente a acumularlas, ya que cada mercancía adicional le proporcionaría mayor utilidad. Por tanto, la conclusión es que no habría transacción económica.

Al final, negar la utilidad marginal decreciente es equivalente a negar la existencia de fines en la acción humana. Si existen fines estos tendrán que ordenarse de mayor a menor importancia para el sujeto, habida cuenta de la escasez de medios y tiempo. Por tanto, si negamos esa jerarquía estamos señalando que todos los fines son igualmente relevantes (esto es, igualmente irrevelantes) y que la acción humana no es teleológica, sino aleatoria, reactiva o dirigida.

Tendríamos que pensar, por tanto, que Guerrero cuando pretende convencernos de que la utilidad marginal no existe lo hace "por casualidad"; podría estar escribiendo o cavando agujeros, no tiene preferencias. Es más, no le importaría haber abandonado su escritorio y autoflagelarse, ya que existe una indiferencia absoluta.

Y es que, si existen fines, estos tendrá que clasificarse. Y si se clasifican, los medios adquirirán una importancia atendiendo a los fines (más o menos importantes) que permitan conseguir. Los adicionales medios se dirigirán, pues, a fines menos importantes (pues no tiene sentido pensar que los medios iniciales de los que dispondremos los dirigiremos a los fines que consideramos menos importantes).

Todo esto no es superfluo y requiere alguna alforja más de las que Guerrero está dispuesto a reconocer. Pero claro, si la revolución marginalista hubiera ocurrido un poco antes, el marxismo ni hubiera nacido. Quizá por ello algunos están obsesionados con enterrarlo. Pero, siguiendo los consejos de Bujarin, primero deberían estar obsesionados en entederlo.