martes, 1 de abril de 2008

Diego Guerrero se defiende (IV)


Quería terminar en este post la respuesta a Guerrero pero, desgraciadamente, tendría una extensión excesiva. Así que dejo para el próximo post el fin de esta seria. En éste, le contestaré a las objecciones 33 a 39. Como en los anteriores, mi primer comentario en azul y la respuesta de Guerrero en cursiva.

33) “Y es que, ¿qué son acaso los costes sino precios?”

Por supuesto, pero detrás de esos precios está la base de esos precios, y de eso estamos discutiendo, de si la base son los costes laborales objetivos o las pajas mentales de los consumidores.

El desprecio de Diego Guerrero a los deseos de los consumidores queda patente. Es por ello que desde el marxismo se pretende ningunearlos y que se adapten a sus precios. El consumidor no tiene ninguna importencia, actúa en función de los parámetros asignados por el Comité Central de Planificación.

Con todo, esta objeción sigue teniendo nula base. Primero, recordemos que la afirmación inicial de Guerrero a la que respondo es: al ser conscientes de la contradicción lógica que supone hacer depender lo previo (el precio) de algo que es posterior (el consumo), no tiene otro remedio que recurrir al coste de producción para explicar el nivel del precio. Ahora parece que el coste de producción también es un precio y que, por tanto, no hay problema en recurrir al precio para explicar el coste de producción. La de vueltas que puede un marxista dar para no reconocer que ha caído en un razonamiento circular.

Los costes de producción siguen siendo precios que necesitan de explicación y, por tanto, la critica inicial de Guerrero entra en contradicción con su matización posterior. De todas formas ya expliqué a Guerrero que la teoría de la utilidad marginal no hace depender el precio del consumo, sino de las valoraciones de los consumidores que son anteriores a la acción que acepta, rechaza o modifica una cierta estructura de precios.

Segundo, no existe nada así como un coste laboral objetivo, entre otras cosas porque ese coste sigue siendo, como reconoce Guerrero, un precio pendiente de explicación. Vemos otra vez cómo Guerrero no puede escapar a su contradicción y vuelve a hacer depender lo previo (el precio) de los posterior (los costes). Relean, por favor, la frase de Guerrero que está siendo objeto de crítica para comprender una vez más el absurdo que alcanza: "Por supuesto que los costes son precios, pero hay que explicar la base de los precios, que son unos costes que acabamos de decir que eran precios". Genial, digno de Marx, de Karl y de Groucho.

Tercero, el pretendido "coste laboral objetivo" que Guerrero quiere convertir en la base de su teoría de precios, simplemente, es un onanismo mental irreal. La noción de coste necesariamente hace referencia a un uso alternativo del recurso que no podrá realizarse (fines a los que se renuncia): allí donde la escasez no existe no hay coste (¿cuál es el coste de respirar?). Si, por ejemplo, compro una tonelada de papel por 1000 euros para editar un periódico, computaré esa tonelada, cuyo precio eran 1000 euros, como un coste de producción de mis periódicos, cifrado en 1000 euros. ¿Por qué supone eso un coste? Simplemente, porque podría haber gastado esos 1000 euros en bienes alternativos (reformar el edificio, contratar a más trabajadores, comprar papel reciclado, irme de vacaciones, incrementar los dividendos a mis accionistas...). Lo que gasto en papel no lo puedo gastar en otros proyectos. Por ello, si después de gastar ese dinero en un papel que adquirimos para producir periódicos, no recuperamos los 1000 euros, hemos perdido dinero: he gastado el papel (que es un medio para producir periódicos, que son un medio para obtener ingresos adicionales) en un bien que los consumidores no valoraban lo suficiente, y también he gastado mi dinero en proyectos que no me han servido para conseguir mis fines.

Por otro lado, el precio de 1000 euros supone mi coste, pero ¿qué había establecido que el papel tuviera un precio de 1000 euros? Pues, o bien porque a su propietario le proporcionaban un uso directo inferior al valor que atribuye a los 1000 euros, o que esperaba obtener de otros compradores un precio inferior a 1000 euros.

[Por cierto, nota al margen, vemos en este caso cómo opera la utilidad marginal en un supuesto muy sencillo. Un vendedor con varios compradores: la transacción se realizará a un precio comprendido entre la valoración mínima de los folios por parte del vendedor (si se le paga menos de lo que valora los folios no venderá), y entre la valoración máxima de los folios por parte del consumidor (si tiene que pagar más, no comprará). Y, en este punto, el valor es fijado entre el comprador marginal y el vendedor marginal. El comprador ha elevado lo suficiente el precio como para que los 1000 folios le sigan proporcionando utilidad y, en cambio, no se la proporcionen a sus compradores competidores. Si ahora suponemos que el vendedor saque 1000 folios más a la venta y nuestro comprador no los quiere comprar, es evidente que el vendedor tendrá que rebajar el precio para venderlos (ya que hemos dicho que a 1000 euros nadie más querría comprar) hasta, por ejemplo, 950 euros. Pero, claro está, si el vendedor vende a 950 los 1000 últimos folios, también tendrá que vender los 1000 primeros (ya que en realidad son perfectamente intercambiables) y, por tanto, los dos consumidores pagarán 950 por los 1000 folios. Es decir, en este caso, un vendedor y dos consumidores, el precio se sigue fijando entre el comprador marginal y el vendedor marginal]

En el caso de los trabajadores, este hecho no cambia. Primero, el empresario estará dispuesto a pagarles hasta su productividad marginal; no más. Y la productividad marginal queda definida como la contribución del trabajador adicional a los ingresos del empresario. Es decir, el empresario no puede disociar la producción extra con la expectativa de vender esa producción extra. En otras palabras, deberá atender a los precios que están dispuestos a pagar los consumidores para adquirir todos sus productos (en nuestro ejemplo de los folios, si el empresario se empeñara a no rebajar su precio a 950 cuando disponía de 2000 folios, 1000 de ellos se hubieran quedado invendidos). Por tanto, desde el punto de vista del empresario el límite máximo del salario viene determinado por su expectativa de ingreso (que a su vez viene determinada por la utilidad marginal de los consumidores). ¿Y desde el punto de vista del trabajador? En tanto el trabajo le supone un coste (especialmente temporal; pero recordemos que nuestra definición de coste parte de la utilidad, esto es, aquellos fines a los que debe renunciar), para decidirse a trabajar deberá valorar en más la retribución (el salario) que los fines a los que renuncia por trabajar.

La coste original y último de todo trabajo es el tiempo de ocio. Dado que nadie trabaja porque sí, siempre somos capaces de encontrar una actividad alternativa que hubiéramos realizado en caso de no tener que trabajar (aunque fuera el simple reposo). Por tanto, el coste original del trabajo es el valor que atribuimos a los fines que perseguimos durante nuestro tiempo de ocio (reposo, mantenerse en forma física, hablar con los amigos...). Sin embargo, el hombre necesita recurrir al trabajo, y puede hacerlo de una doble manera: o bien trabaja para sí mismo (esto es, se dedica a buscar los medios para sus fines) o establece una relacción contractual por el que alquila su tiempo (trabajo por cuenta ajena).

Pues bien, en este sentido, el coste para un empresario que pretende contratarme puede ser triple: el del valor de mi tiempo de ocio, el de la utilidad que conseguiría trabajando para mí mismo, el de la utilidad que conseguiría trabajando para otro empresario (es decir, básicamente el salario). De estos tres posibles costes, el coste que considerará el individuo será el que le proporcione más utilidad; así, supongamos que el que le proporciona una mayor utilidad sea el salario de un empresario que le paga 1000 euros al mes. Si nuestro empresario quiere contratarlo tendrá que mejorar semejante oferta. Por tanto, el límite mínimo en la fijación del salario será la utilidad que atribuya el trabajador al tiempo al que tendrá que renunciar en caso de que trabaje. En otras palabras, hemos demostrado que el límite máximo del salario viene fijado por la productividad marginal del trabajador y el mínimo por los usos alternativos del tiempo por parte del trabajador. Así pues, el salario se situará entre esos dos límites, en un punto que resulta imposible de determinar ex ante.

Sin embargo, es incorrecto hablar de coste objetivo como hace Guerrero, tanto por coste como por objetivo. Primero, el límite mínimo al que hemos hecho referencia no es todavía un coste, sólo lo será en caso de que el individuo decida renunciar a ese uso del tiempo. Por tanto, Guerrero vuelve a hacer depender lo que es posterior (el coste) de lo que es previo (el salario). En este caso, sólo cabe hablar de la utilidad que para el individuo tiene ese tiempo de trabajo u ocio. Segundo, aun cuando fuera coste, tendríamos al menos otro límite que influye tanto como el inferior y éste es la productividad marginal. Por tanto, los intentos de Guerrero de establecer los precios ex ante no tienen sentido y están abocados al fracaso, ya que el salario necesariamente se moverá entre esos dos límites. Tercero, el supuesto coste no podría tener nada de objetivo. No sólo porque resulta imposible fijarlo con anterioridad, sino también porque depende totalmente de las valoraciones subjetivas del trabajador: cuanto valora el uso alternativo de su tiempo (bien ocio o trabajo).

Así pues, hemos visto como en la determinación de los salarios sigue actuando la utilidad marginal. El límite máximo lo determina la productividad marginal que depende de la utilidad marginal de los consumidores, y el límite mínimo depende de la utilidad para el trabajador tanto del tiempo al que tendría que renunciar como del salario y las condiciones de trabajo que se le proponen.

34) “Es posible que muchos, la gran mayoría, de los empresarios fijen sus precios añadiendo un cierto interés a los costes”

Confunde interés y ganancia. Es típico de estos economistas porque creen que en el equilibrio a largo plazo la ganancia es 0.

Como hemos visto, los costes dependen de la utilidad marginal. Para muchos empresarios el valor de una unidad adicional de producción equivale al ingreso marginal (esto es, el ingreso que pueden obtener con ella) que dependerá de los costes más un cierto interés (pero, recordemos, que tanto el coste como el interés procede de la utilidad). Y sí, digo interés y no ganancia. Por supuesto, muchos otros empresarios fijarán los precios esperando obtener una ganancia o beneficio, pero todos lo harán esperando obtener, al menos, el interés. Si no lo hicieren serían descapitalizados (no podrías evitar la depreciación). Por ello, no confunde interés con ganancia, pero la obtención del interés es un caso mucho más general de la actividad empresarial.

El beneficio es siempre de carácter extraordinario, consiste en una suma monetaria que supera al interés del resto de negocios, de manera que el capital afluirá (aun cuando estamos hablando de un monopolio) y los beneficios desaparecerán, absorbidos por el interés. Voy a explicarlo brevemente con un ejemplo numérico, pero antes hay que tener claro qué es el interés. El interés es un porcentaje, reducir el interés no significa reducir los beneficios contables, sino sólo la rentabilidad. Por ejemplo, un interés del 3% de 1000, es 30, mientras que un interés del 20% de 100 es 20. Obviamente, el tipo de interés es mayor en un caso, pero no la remuneración en términos absolutos.

Pues bien, tenemos dos casos. Uno donde existe competencia directa y otro donde no. En el primero, si una empresa descubre un nuevo producto, sus beneficios se incrementarán. Supongamos que pasa a ganar 2000 euros al año, sobre un capital invertido de 10000 €. Esto supone un interés del 20%. En cambio, en las restantes industrias el interés de sus capitales es del 5% (por ejemplo, tienen invertidos 100 € y ganan 5). En este caso, es evidente que muchas empresas afluirán a producir lo mismo que la anterior y eliminarán sus beneficios. Al final, sólo quedará el interés, esto es, la retribución mínima para permanecer en el negocio. Por cierto, conviene hacer notar que unos beneficios contables gigantescos pueden suponer esta retribución mínima. Imaginemos una gran empresa cuyo capital esté valorado en 100 millones de euros. A un interés del 5%, sus beneficios serían de 5 millones de euros.

Segundo caso, no hay competencia directa. Aquí Guerrero dice que la ganancia no se eliminará, lo cual es falso. Estamos en el mismo caso que antes. La empresa gana 2000 euros sobre 10000, pero ninguna puede hacerle la competencia directa (quizá porque se guarde la fórmula bajo llave). En este caso, la empresa comenzará a acumular el capital de otras partes de la economía. Los inversores querrán invertir en ella y su producción aumentará. Así, otras partes de la economía se descapitalizarán y esta empresa aumentará su acumulación. Así, imaginemos que la empresa incrementa su capital hasta 25000 y sus beneficios en 2500. Por su parte, el interés en el resto de las empresas ha aumentado hasta el 10% (hay que pensar que la reducción del capital no reduce equivalentemente sus ventas, y por ello, al reducir el capital en menor medida que los beneficios contables, la rentabilidad se incrementa). En este caso, la empresa innovadora terminaría percibiendo el interés del mercado del 10%. Por tanto, sus beneficios habrian sido absorbidos por el interés.

Simplementos tres matices. Primero, ausencia de competencia directa no significa monopolio. Primero, porque es cada consumidor quien tiene que determinar si dos empresas compiten directamente por la satisfacción de sus fines (puede haber gente para quien Coca Cola y Pepsi sean competencia directa, o incluso Coca-Cola y Lanjarón). Segundo, la razón por la cual la reducción del capital no supone una reducción equivalente de los beneficios no es ni más ni menos que la utilidad marginal. Mientras que la cantidad se reduce, la utilidad de cada uno de esos productos se incrementa y, así, el precio también lo hace. De esta manera, la menor producción no supone una reducción proporcional de los beneficios, pues en parte se ve compensado por el mayor precio que estarán dispuestos a pagar los consumidores. Tercero, interés y beneficio contablemente reciben el mismo tratamiento, y son los beneficios contables. Con todo, desde el punto de vista de la teoría económica, como hemos visto, hay que distinguirlos.

En todo caso, vemos cómo Guerrero desconoce el proceso de mercado, y confunde interés con ganancia.

35) “pero ello en ningún momento significa que los precios se fijen en función de los costes, ya que precisamente el empresario confía en pagar esos costes porque supone que las ventas de sus productos le permitirán pagar a los factores productivos y obtener un cierto interés. Si las apreciaciones son erróneas (es decir, si el precio que espera que los consumidores paguen para poder financiar la producción supera la gran mayoría de las utilidades marginales de los consumidores), entonces el empresario no podrá pagar los salarios, los intereses y las rentas. Quebrará a menos que reduzca el precio. Y si al reducir el precio puede dar salida a la producción pero no puede pagar a sus factores productivos tanto como prometió (esto es, más de lo que les pagarían en otros usos alternativos), la producción se paralizará.”

El capitalista fija los precios al precio medio que determinan las condiciones (técnicas y sociales) laborales existentes y la ganancia media. Si a ese precio no cubre costes, se debe a que otros capitalistas más eficientes sí los están cubriendo. Por tanto los primeros tenderán a desaparecer y los segundos irán absorbiendo una cuota creciente del mercado. Todo esto se rige por la ley del valor-trabajo.

Obsérvese además algo típico: poco a poco, en su exposición, estos economistas se van olvidando de los rollos mentales de las cabezas de los consumidores y terminan por fijarse en lo que importa: las condiciones objetivas de trabajo. No les queda otra


Como hemos visto, estas apreciaciones son falsas. Primero, las condiciones técnicas y sociales no determinan ningún precio medio, ya que ese "coste objetivo del trabajo" es un precio. Segundo, como hemos comentado otras veces, es la acción humana la que crea tanto las condiciones sociales como los precios y las crea atendiendo a sus valoraciones y prioridades. Tercero, no hay nada malo en que los capitalistas más eficientes (esto es, los que economizan mejor los recursos y, por tanto, sirven mejor a un mayor número de consumidores) alcacen mayor cuota de mercado. Cuarto, sin embargo, dado que el número de capitalistas no es fijo y que, como hemos visto, el capital no se mueve por valores absolutos, sino por rentabilidades relativas, ninguna casta podrá perpetuarse en el mercado. Por ejemplo, si yo consigo transformar un capital de 10 € en 20, los inversores empezarán a proporcionarme el capital (ya que daré rentabilidades mucho mayores que otros empresarios). Quinto, el crecimiento excesivo de los empresarios les impide calcular tan adecuadamente como a los pequeños empresarios, por ello estos últimos tendrán mayores facilidades para proporcionar rentabilidades superiores. Sexto, en todo caso, si las empresas crecieran desbocadamente, tendrían el mismo problema que el socialismo: no podrían calcular y, por tanto, se hundirían.

Y ninguno de estos procesos viene determinado por la mística del valor-trabajo. En todos casos, hablamos de servir a los consumidores; el éxito o fracaso de una empresa depende enteramente de esto. Y sus costes, como ya hemos visto detalladamente, también. Así, que no sé a qué viene lo de "olvidarse de los consumidores". ¡Cómo si toda la estructura productiva no dependiera de la satisfacción de sus deseos! ¡Cómo si las rentas a los factores productivos que paga un empresario no lo hace con la expectativa de poder vender sus productos computando estas rentas al interés vigente en el mercado!

36) “Por tanto, la utilidad marginal sigue gobernando el valor de los bienes y servicios. Si el empresario paga más a los factores productivos que su productividad marginal, la empresa quebrará. Si les paga menos, simplemente no podrá contratarlos (pues otro empresario los contratará pagándoles un poco más hasta su productividad marginal). Y la productividad marginal es una productividad en términos de valor, esto es, sobre los ingresos adicionales que proporcionan; el ingreso viene determinado por el precio; y la utilidad marginal domina el precio.”

La productividad marginal de cualquier factor aislado es cero. Si la empresa farmacéutica adquiere un kilo más de “carboximetilalmidón de sodio” del que se puede mezclar con el “silicato alumínico magnésico” para hacer una pastilla más, entonces esa unidad adicional de “carboximetilalmidón de sodio” no produce nada.

La capacidad analítica de Guerrero sorprende. Primero, la productividad marginal de un factor aislado NO es cero, eso supondría afirmar que el ser humano es un vegetal, y si es un vegetal no sólo será cero en el caso del trabajo aislado. Segundo, el hecho de que la productividad marginal de una unidad aislada sea muy pequeña, no significa que el de esa unidad no aislada lo sea o que no exista. Por ello, los empresarios esperan que ese trabajador les proporcione unos ingresos superiores a su salario (cuya determinación ya hemos estudiado). Tercero, la marginalidad va acompañada de la unidad de referencia. Es dudoso que una pastilla sea la referencia para una gran farmacéutica. Ni siquiera es posible que lo sea una caja de pastillas. En estos casos, es el empresario quien efectúa los cálculos en función de sus unidades marginales. En ese caso, puede que la unidad marginal sea una tonelada de pastillas. Sobre esos términos se efectuará el cálculo (así también, tantas toneladas de "carboximetilalmidón de sodio" serán las unidades para las que se calculará su productividad marginal en relación con la produccion de una tonelada de pastillas que se espera vender a un determinado precio).

Por ello he señalado antes que el cálculo en las empresas pequeñas es mucho más preciso que en las grandes, porque las unidades de referencia suelen ser más pequeñas y, por tanto, se tienden a minimizar costes. Con todo, hay que tener presente, claro está, que el menor despilfarro que efectúa una empresa pequeña por un cálculo más preciso, puede quedar, y normalmente queda, desplazado por la superior economización que una empresa grande puede realizar con una estructura de capital más desarrollada.

Por último, el como ya hemos destacado en los posts anteriores, el hecho de que para producir una tonelada más de un producto se necesite la concurrencia de dos factores productivos insustituibles, en absoluto implica la imposibilidad de obtener la productividad marginal. Por ejemplo, si yo espero vender un kilo de A por 100 euros y para obtener A necesito adquirir B y C, queda claro que la productividad de B y C tiene un valor de 100 euros. Si yo adquiero B por 10, estaré dispuesto a pagar hasta 90 por C. Si, en cambio, no puedo adquirir B y C por menos de 100 (puede que B me coste 1 euro, pero C 100), entonces no adquiriré B y C, su productividad marginal no superará la de sus costes (esto es, usos alternativos).

37) “Es curioso como los marxistas pretenden endosarnos que los empresarios determinan el precio y, en cambio, no aplican esa misma lógica a los trabajadores. Si los que ofrecen las mercancías fijan, a través de sus costes, los precios en el mercado, los trabajadores, que ofrecen su trabajo, deberían fijar a través de su coste psicológico su salario.”

Los empresarios no determinan el precio a su antojo. Eso lo creen los teóricos del capitalismo monopolista, como Lenin, no Marx. El precio lo determinan las condiciones objetivas de producción y trabajo, es decir la explotación y la competencia entre capitalistas rivales que tienen que luchar por su supervivencia y por su enriquecimiento por medio de la misma arma fundamental siempre: la acumulación, que es lo que les permite a algunos reunir (o no) las condiciones técnicas precisas para producir más barato que los demás. Por tanto, tampoco los trabajadores fijan su salario, sino wue éstos se determinan por esas mismas condiciones objetivas e impersonales.

Como ya hemos explicado, las condiciones de producción ni son objetivas ni, mucho menos, pueden disociarse del valor y de la utilidad marginal. Por otro lado, vuelve a caer en un razonamiento circular, si antes nos decía que los precios dependían de los "costes laborales objetivos", ahora nos señala que los salarios (esto es, los costes laborales objetivos del empresario) se fijan por una "condiciones objetivas e impersonales". Esto no es economía, estamos ante una teología, un catecismo, un credo. ¿Cómo pueden existir unas condiciones de producción sin una remuneración para el capital y el trabajo? Es simplemente ridículo. Precisamente, dependiendo de la remuneración, esas condiciones "objetivas" se modifican. Si los salarios aumentan, el fondo de subsistencia se reduce y llegamos a una estructura de producción menos capitalizada. No sólo eso, también dependiendo del salario, el trabajador decidirá o no ser contratado para tal empresa. Y, en ese sentido, las condiciones objetivas se verán modificadas por las condiciones y apreciaciones subjetivas. No existe objetividad más allá de la actitud que los actores tomen con respecto a esa objetividad.

Por tanto, no tiene sentido hablar de condiciones objetivas, sin referirnos a los valores que son los que construyen, a través de la acción, esas condiciones de producción. Y no tiene sentido decir que esas condiciones fijan los salarios porque, como ya hemos visto, influyen dos límites, uno determinado por la productividad y otro por la utilidad marginal del trabajador.

38) “¿qué es la productividad marginal sino el valor de los bienes adicionales producidos que se destinarán a la venta? ¿Y cuál será, pues, para el empresario el valor de esos bienes sino el precio al que se puedan vender? Por tanto, la productividad marginal será el ingreso adicional que proporcionarán los trabajadores al empresario.”

A la producción de riqueza (no confundir con el valor) contribuyen todos los factores unidos (unidos por cierto en un proceso de trabajo organizado). Por tanto, la productividad marginal (en valores de uso) de cierta cantidad de trabajo, junto a cierta cantidad de “carboximetilalmidón de sodio”, de “silicato alumínico magnésico” y de los demás componentes que entran en la pastilla, es precisamente la pastilla. Por tanto, no puede sorprender que el valor de la pastilla sea el valor de la pastilla. Cuál sea éste, los austriacos no lo explican ni pueden ni podrán hacerlo nunca.

Esto es, de nuevo, completamente acientífico. El hecho de que la producción se realice conjuntamente, no significa que no puedan realizarse incrementos o reducciones marginales en los factores productivos. Por ejemplo, cuando tengo contratados a 1000 trabajadores, ¿contrataré a uno adicional? ¿De qué dependerá? Pues obviamente de su productividad marginal y del precio mínimo que quiera cobrar. Si sus pretensiones superan a su productividad no lo contrataré.

En otras palabras, la productividad marginal se plantea la imputación de los ingresos que tienen que ver específicamente con un factor de producción adicional. Parece que Guerrero se sorprenda, quizá será que nunca ha oído hablar (ni, por supuesto, habrá estudiado) de la contabilidad de costes. Ni, por supuesto, tampoco sabrá qué son los rendimientos decrecientes, esto es, la productividad marginal decreciente resultado de incrementar un factor manteniendo los restantes inalterados.

La cuestión, por tanto, es: ¿cuántas pastillas más obtendré si contrato a un nuevo trabajador? Obviamente, si las pastillas deben estar formadas por una cierta composición, el número será el mismo, pero no así su velocidad (lo cual es fundamental a efectos del interés). Por tanto, la cuestión será, ¿con cuánta rapidez adicional obtendré las pastillas si contrato a un nuevo trabajador? ¿Es esto irrelevante? Obviamente no. Un simple ejemplo, si al contratar a un nuevo trabajador obtengo 1000000 pastillas un mes antes, y suponiendo un precio de 1 euros por pastilla, mis beneficios contables serán de cien mil euros. Dado que los he obtenido un mes antes, podré capitalizarlos también un mes antes, lo cual, puede suponer, a un interés anual del 10%, alrededor de 8000 adicionales al mes. Por lo tanto, no estamos ante un asunto baladí.

También, un trabajador puede suponer una mejora en la eficiencia productiva (sobre todo, en caso de ingenieros o directores), de manera que su productividad marginal vendría a equivaler a la riqueza adicional creada.

Por no hablar, claro está, del caso más habitual: esto es, que el empresario valore la productividad marginal de un trabajador y del número necesario de materias primas que necesita para incrementar la producción. Así, si por ejemplo sabe que ese trabajador puede producir 500 mesas en un mes, y que podrá vender esas mesas por 100 euros en el mercado, su productividad marginal tendrá un valor de 50 mil euros, ahora bien, dado que tendrá que proporcionarle las materias primas, por ejemplo, por valor de 40 mil euros, su productividad marginal será, a la postre, de 10 mil euros. Tengamos en cuenta que muchos otros factores de producción (especialmente el capital) no se han incrementado.

Por último, los austriacos claro que explicamos el valor de la pastilla o de la mesa. Si, por ejemplo, los consumidores no están dispuestos a pagar más de 50 euros por una mesa (o sólo 100 consumidores están dispuestos a pagar 100 euros por una), es evidente que el precio o será menor o no será. El trabajador tendrá que ver reducido su salario a su productividad marginal y, en caso de que esa reducción le suponga cobrar menos que en otra empresa donde los salarios sean superiores, abandonará la producción y la producción de mesas se paralizará. ¿Cuál será el precio de las mesas? Pues vendrá determinado entre el margen del coste marginal de las mesas y la disponibilidad al pago del consumidor marginal. Un precio más bajo supondría reducir la producción (pues no cubriría los costes) y un precio más alto impediría al consumidor marginal adquirirla. Y, en todo caso, la demanda de factores productivos, para alcanzar una cierta producción, dependerá del precio al que se espera vender y de la cantidad que, a ese precio, se espera vender. Y tanto el precio como la cantidad dependerán de la utilidad marginal.

39) “Böhm-Bawerk solía poner un ejemplo bastante ilustrativo. Imaginemos una locomotora que tiene cuatro vagones. ¿Por qué se mueven los vagones? Porque la locomotora se mueve. Ahora bien, muchos podrían decir, ¿por qué se mueve el cuarto vagón? Aparentemente porque se mueve el tercero; es decir, estarían explicando los precios (cuarto vagón) en función de los costes (primer, segundo y tercer vagón) y no de la utilidad (locomotora). No obstante, el problema sigue en pie. ¿Por qué se mueve el tercer vagón? Porque se mueve el segundo. ¿Y por qué se mueve el segundo? Porque se mueve el primer. Pero, ¿por qué se mueve el primero? Aquí los defensores de la teoría del precio-coste no tienen respuesta; la locomotora mueve el primer vagón que a su vez mueve a los restantes. La utilidad es el determinante último de los precios.”

Habrá que rebautizar a la teoría utilitarista del valor como teoría “ferrocarrilera”. El tren se mueve porque los trabajadores lo hacen moverse, y lo hacen con la ayuda de medios de producción que también construyeron y pusieron y ponen en movimiento otros trabajadores. Teoría laboral pura.

La locomotora se mueve porque los trabajadores la hacen moverse, genial. ¿Pero por qué la hacen mover y en qué dirección? Precisamente la mueven en la dirección de la satisfacción de sus necesidades, esto es, la locomotora sigue siendo la utilidad que determina el curso de la acción. Claro que en este caso Guerrero no ha expiclado nada; decir que los trabajadores la mueven no resuelve su razonamiento circular. ¿Qué determina los costes (precios) sino la utilidad? ¿Los costes laborales objetivos? ¿Las condiciones objetivas de trabajo? ¿Y qué son los costes laborales si no precios? ¿Y cuáles son las condiciones del trabajo si no aquellas determinadas de acuerdo con las valoraciones y utilidades de los agentes? ¿Es qué los trabajadores van a producir algo que no quieren? ¿Es qué los trabajadores van a vender una cantidad de mercancías a un precio superior al que los consumidores están dispuestos a comprarlas? ¿Es qué van a renunciar a su ocio para trabajar en una tarea que no dará frutos? ¿Es qué su ocio no lo valoran y no le asignan una utilidad? Teoría de la utilidad marginal pura. Eso sí, habrá que rebautizar la teoría del valor trabajo como la "teoría del ferrocarril averiado".