martes, 1 de abril de 2008

Utilidad marginal, réplica a Diego Guerrero (y IV): El alcance limitado


Terminamos hoy con la serie de posts (I, II y III) que hemos dedicado a comprobar la mala comprensión y peor refutación de Diego Guerrero sobre la utilidad marginal.

La última parte de su crítica viene referida al "alcance limitado" de la utilidad marginal. Como en breve comprobaremos, no resultaba necesario incidir en este punto porque sus argumentos ya han sido suficientemente tratados en los posts anteriores. Aun así, reiteraremos los errores de Diego Guerrero.

Es curioso como Guerrero, profundamente inseguro de la solidez de sus críticas anteriores, comienza diciendo: Incluso en el caso de que todas las críticas anteriores no fueran válidas. Efectivamente no lo son. La venda antes de la herida, pero después de la metedura de pata. Veamos qué nos ofrece Guerrero como argumento definitivo:

Incluso en el caso de que todas las críticas anteriores no fueran válidas, aún quedaría una importante crítica a la que tendrían que hacer frente los teóricos de la utilidad. En realidad, todo su argumento se sostiene en parte porque se supone que al otro lado del mercado (frente a las empresas que constituyen la oferta) están los consumidores como colectivo de sujetos que experimentan placer.

Bueno, aquí cabe recordar algunas cosillas. Básicamente que el proceso de mercado se basa en el appreisement empresarial y que esta fijación de precios serán exitosa en tanto sirva a los consumidores, esto es, en tanto el precio que tengan que pagar no supere a su utilidad marginal. El empresario no es un sujeto pasivo o reactivo, sino el verdadero protagonista del mercado. Como ya hemos explicado, son los empresarios quienes crean los precios de los bienes de consumo y las rentas de los factores productivos; pero no se trata de una creación caprichosa, sino que queda subordinada a la correcta satisfacción de los fines del consumidor.

Pero debe tenerse en cuenta que, puesto que existe un mercado para cada mercancía, sea ésta final o intermedia, y dado que el producto interior bruto de cada país, o PIB, representa tan sólo el volumen de las llamadas transacciones "finales" de la economía, esta variable macroeconómica básica deja fuera el valor de todas las transacciones "intermedias", que cuantitativamente representan la mayor parte del total (en torno a un 60% como mínimo) y que se caracterizan precisamente por que en ellas no aparecen por ninguna parte los consumidores utilitaristas de la teoría neoclásica.

En este punto debo darle totalmente la razón a Guerrero. Las medidas de Contabilidad Nacional como el PIB o el PNB, bajo el argumento de evitar la doble contabilización, dejan fuera de sus mediciones la mayor parte de la economía; esto es, todo el proceso de ahorro e inversión empresarial en capital circulante que todavía no han devenido bienes de consumo finales. Guerrero cita el ahorro y reinversión empresarial en bienes intermedios en torno al 60%. Es muy posible que sea superior, quizá del orden del 70% (atendiendo a las mediciones que efectúa Mark Skousen de su Renta Social Bruta).

¿Cuál es el objetivo de la Contabilidad Nacional? Obviamente hipertrofiar el papel y el peso del consumo en la economía. De representar, en realidad, poco más del 30%, gracias al PIB alcanza magnitudes del 66%. Esta manipulada realidad resulta harto útil a los keynesianos para reclamar medidas políticas que estimulen la "demanda agregada", como incrementos del gasto público o reducciones del tipo de interés. Si el consumo representa la mayor parte de la economía, parece lógico que sea su motor.
Por tanto sí, debo coincidir con Guerrero que la economía neoclásica descansa en mediciones corruptas que le impiden contemplar que la parte más importante del capitalismo no es el "consumo" sino toda la estructura de bienes de capital que tiene que ser continuamente amortizada y rediseñada a través del cálculo y la función empresarial.

Sin embargo las conclusiones que de este hecho saca Guerrero son muy insatisfactorias: Resulta, pues, que sólo en un 24% del total de las transacciones posibles está presente el famoso y soberano consumidor final de la teoría neoclásica, y sólo en esa pequeña minoría de casos podría éste aplicar su particular calculadora funcional-utilitarista para obtener el pretendido máximo placer.

Son este tipo de afirmaciones las que demuestran que Guerrero no entiende ni una coma de cómo funciona el mercado. Ya lo explicamos en el tercer posts, pero lo repetiremos brevemente.

El empresario establece un precio de mercado al que espera vender una cierta cantidad de mercancías; en ese sentido, paga a los factores productivos de acuerdo con su productividad marginal en la obtención de esos ingresos. El consumidor, aun cuando intervenga sólo como revisor final, sigue determinando el proceso de mercado, pues las malas evaluaciones sobre su utilidad dan al traste con todos los negocios previamente emprendidos.

De la misma manera, los bienes intermedios de capital atraviesan distintas etapas hasta convertirse en un bien de consumo. Desde que se empieza a aplicar el trabajo en, por ejemplo, una mina de aluminio, hasta que éste se convierte en un coche, pueden pasar varios meses. Cada empresario está especializado verticalmente en una etapa de ese proceso: uno extrae el mineral, otro lo convierte en aluminio, otro le da la forma deseada, otro el color apetecido, otro lo transporta hasta la planta de ensamblaje... En cada estadio productivo, los precios de un empresarios suponen los costes de otro; el hecho de que los precios aumenten conforme el aluminio se va aproximando a su destino final (el automóvil) simplemente refleja la realidad denominada "interés".

Conforme se acerca al fin último, el medio se valora en más. De hecho, ha transcurrido un período de tiempo durante el cual los distintos empresarios han ido pagando a los trabajadores "sin que el coche se haya vendido todavía". Pensémoslo un momento. El aluminio se extrae de la mina para, en última instancia, venderse en forma de automóvil. En teoría, hasta que no se vendiera el automóvil, los mineros no deberían poder cobrar, ya que el automóvil todavía no se ha "realizado" (vendido).

Los distintos salarios que perciben antes de que su trabajo sea "útil" para el consumidor suponen un "adelanto" del empresario, un préstamo de dinero cuya maduración se obtendrá con la venta del producto (más el interés acumulado durante todo el tiempo).

Imaginemos que el precio de estos bienes intermedios se vuelve excesivamente caro (porque por ejemplo un fabricante de chapas de aluminio deja de ser eficiente), el vendedor final de automóviles tendrá o bien que reducir beneficios (incluso quebrar), o bien aumentar el precio de los automóviles (con lo cual reducirá sus ventas hasta el punto de que, si no sigue satisfaciendo a los consumidores, no podrá recuperar la inversión inicial en factores productivos) o bien cambiar de proveedor a uno más barato. Normalmente, si la última opción está en pie, será la que se adoptará. El proveedor ineficiente quebrará por despilfarrar recursos para el consumidor. En caso de que el vendedor final y el proveedor ineficiente se aliaran contra los consumidores, estos no tendrían más que acudir a otro vendedor de automóviles que no tenga tratos especiales con proveedores ineficientes.

En cualquier caso, pues, vemos que el appreisement empresarial, al basarse en la correcta anticipación de la utilidad marginal de los consumidores, sigue controlando el proceso de mercado. Por un lado, la remuneración de los factores productivos (trabajo y tierra) se fija en función de la productividad marginal sobre el montante de ingresos esperado y, por otro, el precio de los bienes de capital se determina conforme la utilidad marginal de los "clientes empresariales", que a su vez, viene limitada por que ese precio al entrar como coste contable no supere su precio final de consumo (que como ya hemos visto viene determinado por la utilidad marginal de los consumidores).

Por último, Guerrero echa mano de un argumento típicamente galbraithiano rebozado con retórica marxistoide: Pero cabría todavía añadir otra duda: de este 24%, ?qué porcentaje representan realmente las compras "de placer" y qué porcentaje se lleva a cabo por consideraciones totalmente ajenas e independientes de ese sentimiento (como son las compras que se hacen por obligación o necesidad, entre ellas las necesarias para costear la reproducción de la propia fuerza de trabajo como mercancía), en cuyo caso si bien no se atenta contra la utilidad sí que se pone en entredicho que lo útil, lo funcional para la reproducción del sistema económico y social en su conjunto y en cuanto tal, pueda identificarse sin más con lo placentero y el óptimo social?.

La utilidad marginal no supone una teoría acerca del placer o la necesidad, sino de la mejora de las situaciones previas. Uno puede mejorar su situación y aun así sentirse un desgraciado. Estos casos competen a la psicología no a la economía. Es indistinto que compras se realizan por placer y cuáles por necesidad para sobrevivir. ¿Es que caso la supervivencia no es también útil para el ser humano? ¿Es qué la supervivencia no es, de hecho, el primer fin de todo ser humano no suicida?

No vamos a extendernos en refutar el supuesto determinismo publicitario de las compras del individuo -cuya crítica, por otro lado, puede consultarse aquí; insisto, aun en ese caso, la utilidad marginal sería el principio válido (incluso aunque los consumidores fueran autómatas de los capitalistas, el precio se determinaría por la utilidad marginal de los capitalistas).

Hemos visto, pues, a lo largo de estos cuatro artículos que Guerrero ha sido incapaz de comprender los fundamentos de la subjetividad y del proceso de mercado. Creyendo primero que la utilidad se fijaba en función de placeres experimentados(y por tanto posteriores a la acción que motivó la adquisición), que los costes determinan los precios (cuando los costes SON precios) y que la soberanía del consumidor queda en entredicho por el simple hecho de que el proceso previo a la maduración en bienes de consumo final suponga la mayor parte de la economía "productiva".

La utilidad marginal, para desgracia de todos los marxistas, sigue siendo la principal explicación para la formación de los precios. No hay vuelta de hoja; sólo ciertos prejuicios arrogantes impiden reconocerlo.